Autora: Tayde Yasmilet Rivas de Jiménez.
Número de ORCID 0009-0009-4089-5009
El proceso de investigación en las ciencias sociales en general, y en las ciencias médicas en particular, posee características propias y, sobre todo, una lógica que dan sentido al trabajo de indagación sobre la realidad socioeducativa. No se trata, como podría pensarse, de la simple aplicación del método científico, para obtener como resultado una investigación científica, pues al limitarnos al plano técnico que la palabra aplicación connota, es posible suponer que se trata de la sistematización de una serie de pasos y su consecuente puesta en práctica, lo cual sería demasiado simple.
Por otra parte, en las últimas dos décadas, un conjunto creciente de fenómenos globales ha comenzado a revelar las limitaciones del paradigma positivista aplicado a las ciencias médicas entre los que se pueden mencionar brevemente disparidades en el acceso a la salud, la resistencia comunitaria a intervenciones médicas y el fracaso de políticas públicas sanitarias en contextos vulnerables, que nos avizora una brecha profunda en la evidencia científica, que está por rigurosa que sea, no se traduce automáticamente en prácticas efectivas cuando se ignora el entramado social, cultural y educativo de las poblaciones.
En tal sentido, la investigación socioeducativa abarca, varios elementos fundamentales necesarios para abordar un fenómeno social; este argumento no se trata de un juicio de sentido común, sino de un intento de clarificación; porque en este campo transdisciplinario se combinan teorías pedagógicas, sociológicas y antropológicas para analizar cómo los procesos educativos y las dinámicas sociales influyen en la salud, siendo, su objetivo primordial transformar prácticas sanitarias mediante estrategias que promuevan equidad, participación comunitaria y empoderamiento que se debe transmitir a los pacientes.
Bajo este quiebre de paradigmas, la propuesta comprende que el aprendizaje real no proviene de manuales estáticos, sino del choque consciente con la realidad. Este choque es el despertar del sujeto, es el momento en que la teoría se rompe al encontrarse con la dureza y la complejidad del territorio. No es un encuentro suave, es una sacudida que obliga al universitario a abandonar la burbuja de cristal para entender que las variables de un problema no son solo números, sino vidas, ecosistemas y tensiones sociales. La ontología de este pensamiento se fundamenta, por tanto, en una tríada indisoluble: Praxis, Hipercomplejidad e Intuición Imaginativa. La Universidad no puede seguir gestionando el saber bajo una linealidad decimonónica; debe reconocerse como una red donde la utilidad social de una investigación, debe convertirse en bienestar concreto para ecosistemas como el Parque Nacional Henri Pittier.
Es en este escenario de crisis y resiliencia donde nace la Sinergia Ética. Al tocar la realidad, el aprendizaje deja de ser un acto de consumo intelectual para convertirse en un compromiso vital. Aquí, rescatamos la andragogía de Félix Adam como una filosofía de libertad, el adulto universitario (estudiante, docente o trabajador), se reconoce como un sujeto autogestionario que, al confrontar su saber con las necesidades del pueblo, se empodera para ser el maestro de la sostenibilidad comunal. La sinergia organizacional comienza en la facultad, pero se libera en favor del bien común, permitiendo el tránsito del ego-centrismo académico al eco-centrismo territorial a través de una Horizontalidad Radical. En este modelo, el profesor y el vecino que ha habitado toda su vida a las faldas del cerro se reconocen como co-autores del saber, no hay expertos externos, sino una comunidad que aprende haciendo, reconociendo en la experiencia del otro la clave robinsoniana para la supervivencia colectiva.
Por lo tanto, este divorcio entre el conocimiento generado en laboratorios o ensayos clínicos y su aplicación en territorios marcados por desigualdades estructurales constituye el núcleo del ensayo científico, que busca abordar como esta problemática desde tendencias actuales en investigación médica revela que menos del 5% de los artículos publicados en revistas de alto impacto en Ciencias Médicas incorporan variables socioeducativas en sus diseños metodológicos, esto lo hacen limitándose a categorías simplistas como nivel educativo medido en años de escolaridad o utilizando la Escala de Estratos Socioeconómico como el Graffar, sin explorar dimensiones cualitativas como la alfabetización en salud, las narrativas culturales sobre el cuerpo-enfermedad, o los procesos de toma de decisiones colectivos en comunidades.
De allí que, este reduccionismo tiene raíces epistemológicas profundas; pues, la medicina contemporánea heredó del positivismo decimonónico una fe inquebrantable en la universalidad del conocimiento científico, asumiendo que un protocolo puede ser validado en cualquier comunidad y que este sería igualmente efectivo; sin embargo, la realidad es otra porque muchas veces la población abandona el tratamiento y no por falta de este, sino porque los mensajes sanitarios ignoran las cosmovisiones locales.
Por lo tanto, los posibles retos trascienden en lo metodológico; pues de continuar en esta postura arraigada al positivismo clásico e invisibilizar los determinantes socioeducativos, la investigación médica reproduce lo que el sociólogo Boaventura de Sousa Santos (2018) denomina epistemicidio que no es otra cosa sino “la aniquilación de saberes no occidentales que podrían enriquecer la comprensión de la salud-enfermedad” (p. 104). Este fenómeno se manifiesta crudamente en el tratamiento de la salud mental.
Referencias
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