La Toparquía de la identidad como gnosis robinsoniana del ciudadano republicano en la Venezuela contemporánea

Autor: Sergio David Requena Royero

Introducción

La identidad nacional en la Venezuela actual no puede seguir siendo un inventario de símbolos inertes o una simple nostalgia de gestas históricas que se consumen como piezas de museo. Enfrentamos lo que se puede definir como una desterritorialización del ser, donde el habitante pierde su anclaje con el territorio ante las presiones de una modernidad líquida que diluye lo propio en favor de una homogeneización cultural externa.

Como bien sentenció Rodríguez, S. (1842/2001) en sus escritos sobre Sociedades Americanas, la fuerza de una verdadera nación reside en la opinión pública y esta solo se forma mediante una educación social profunda que enseñe a los hombres a ser ciudadanos y no solo siervos de la técnica. Sin embargo, no me refiero a una instrucción de aula tradicional sino a la formación para la República, entendida esta como la propiedad colectiva del destino común que se construye desde la cotidianidad de nuestras localidades.

El pensamiento Robinsoniano nos lanza un desafío que hoy resuena con una vigencia desgarradora al exigirnos que inventemos o erremos en la creación de nuestra propia institucionalidad y sentido de pertenencia. Para un observador académico internacional, la verdadera novedad reside en comprender que la identidad venezolana es un proyecto inacabado de invención constante y disruptiva que debe alejarse de los moldes eurocéntricos para encontrar su propia voz en el concierto de las naciones.

No se es ciudadano por el simple hecho de nacer en una tierra, sino por el compromiso ético de transformar esa tierra mediante la praxis y una autorreflexión crítica que nos permita reconocernos en el otro. Al respecto, Briceño-Iragorry, M. (1952) advirtió sobre el peligro de convertirnos en una estructura sin propósito cuando señaló que “el mimetismo que nos lleva a copiar formas extranjeras sin adaptarlas a nuestra sensibilidad, termina por anular la fuerza creadora del pueblo” (p. 45).

Para hablar de una formación ciudadana comprometida debemos cuestionar cómo el discurso de la identidad ha sido a menudo secuestrado por formalismos que olvidan la dimensión humana y social del sujeto. La mirada de Rodríguez, S. (1842/2001) nos invita a ver la formación no como un proceso de acumulación de datos o títulos académicos, sino como un ejercicio de liberación y soberanía cognitiva que comienza por el amor a lo cercano.

En este sentido, la educación social se convierte en el cimiento de una estructura política donde cada individuo entiende que su bienestar está intrínsecamente ligado al bienestar de su entorno inmediato. Esto demanda un cambio radical en la ontología del habitante para transitar hacia un sujeto histórico capaz de gestionar su realidad con autonomía. Como sostiene Mayz Vallenilla, E. (1959), el problema de nuestra América no es la falta de técnica, sino la necesidad de un “pensamiento original que sea capaz de fundamentar nuestra propia existencia histórica” (p. 12).

La identidad nacional se manifiesta entonces en la habilidad para navegar la complejidad de nuestra realidad sin traicionar las raíces que nos sostienen, ni la ética que nos define como pueblo. Formar ciudadanos comprometidos implica por tanto rescatar la noción de toparquía, donde el poder del lugar se convierte en el epicentro de una vida pública soberana y profundamente humana. Este es el punto de partida para una gnosis que no busca copiar modelos extranjeros, sino entender que el lugar es la base de todo pensamiento político original y que solo desde el conocimiento profundo de nuestra realidad social podremos construir una sociedad verdaderamente libre, asertiva y virtuosa.

La toparquía como epicentro de la soberanía y el poder del lugar

El concepto de toparquía, rescatado de la raíz Robinsoniana, propone que la verdadera política comienza en el conocimiento y gobierno de los lugares pequeños para luego entender el todo. No se puede amar lo que no se conoce, ni se puede defender una nación cuya realidad local resulta ajena al ciudadano. En este sentido, la identidad nacional se construye desde la base del territorio y no desde las cúpulas burocráticas que intentan imponer una visión centralista de la cultura. Como señala Rodríguez, S. (1842/20) en su defensa de las escuelas de artes y oficios, el ciudadano debe aprender a ser útil a su entorno inmediato para poder ser valioso a la República en su conjunto.

Esta visión territorial de la identidad nos obliga a repensar la formación ciudadana como un proceso de arraigo. Un ciudadano comprometido es aquel que posee la capacidad de interpretar los problemas de su calle, su barrio o su municipio, y actuar con asertividad para proponer soluciones colectivas. La identidad no es un concepto etéreo, sino una praxis diaria que se manifiesta en la defensa del bien común y en la resistencia ante cualquier forma de alienación cultural que pretenda sustituir lo auténtico por lo importado. Al respecto, Briceño-Iragorry, M. (1952) enfatizó que la crisis de las instituciones nace cuando el hombre pierde la conexión espiritual con su propia tierra, convirtiéndose en un extranjero en su propio país.

La construcción de una identidad sólida requiere una pedagogía que trascienda la mera transmisión de datos técnicos. La educación social, pilar fundamental de la gnosis Robinsoniana, busca formar la voluntad del individuo para que sus intereses personales coincidan con los intereses de la sociedad. Esta alineación es lo que permite que surja un liderazgo virtuoso, capaz de gestionar la cosa pública con honestidad y visión de futuro. No basta con tener profesionales competentes en lo técnico si estos carecen de la solidez ontológica necesaria para resistir las tentaciones de la mediocridad o la corrupción que asfixian el desarrollo de las instituciones.

La formación para la ciudadanía debe ser, por tanto, un ejercicio de reflexión constante sobre la praxis social. Esto implica que las universidades y centros de formación no pueden seguir siendo fábricas de títulos, sino comunidades de aprendizaje donde se discuta la realidad nacional con valentía y rigor científico. Como argumenta Mayz Vallenilla, E. (1959), la verdadera mayoría de edad de un pueblo se alcanza cuando este es capaz de pensar por sí mismo y de fundamentar sus decisiones en una ética propia, alejada de los tutelajes ideológicos que tradicionalmente han dictado el comportamiento de las naciones en desarrollo. Solo así, integrando la autenticidad en el ser y la habilidad en el hacer, podremos hablar de una identidad nacional que inspire y movilice a las nuevas generaciones.

Conclusión

Para cerrar este espacio de reflexión, es importante entender que la identidad nacional no es un destino al que se llega, sino un camino que se construye con cada decisión ética en el ejercicio de la ciudadanía. La formación de individuos comprometidos con su país exige el coraje de decir no a las presiones de la transculturización y a las propuestas que nacen de la inteligencia colectiva de nuestras bases. Como advirtió Rodríguez (1842/2001), hacer negocio con la miseria pública es un crimen, y la única forma de evitarlo es mediante una sólida base moral que solo la educación social puede proporcionar. El liderazgo del futuro en Venezuela debe ser, por definición, un liderazgo virtuoso que integre la autenticidad de sus raíces con la habilidad técnica para resolver los problemas del presente.

La refundación de nuestras instituciones pasa necesariamente por una desburocratización de la mente, donde el servicio público deje de ser visto como una parcela de poder personal y se asuma como un puente de transformación social. Si logramos rescatar la noción de toparquía y aplicarla en nuestras comunidades, estaremos dando el paso definitivo para salir de lo que Briceño-Iragorry, M. (1952) denominó la crisis de continuidad histórica. No podemos gestionar solo estadísticas; necesitamos una gestión que sienta el pulso de la comunidad y actúe con pertinencia social. Solo así, desde el conocimiento profundo de nuestro propio ser y lugar, podremos dejar de gestionar la crisis para empezar a gestionar la esperanza de una nación soberana, asertiva y profundamente humana.

La construcción de una identidad sólida requiere una pedagogía que trascienda la mera transmisión de datos técnicos. La educación social, pilar fundamental de la gnosis Robinsoniana, busca formar la voluntad del individuo para que sus intereses personales coincidan con los intereses de la sociedad. Esta alineación es lo que permite que surja un liderazgo virtuoso, capaz de gestionar la cosa pública con honestidad y visión de futuro. No basta con tener profesionales competentes en lo técnico si estos carecen de la solidez ontológica necesaria para resistir las tentaciones de la mediocridad o la corrupción que asfixian el desarrollo de las instituciones.

Referencias

  • Briceño-Iragorry, M. (1952). Mensaje sin destino. Monte Ávila Editores.
  • Mayz Vallenilla, E. (1959). El problema de América Latina. Universidad Central de Venezuela.
  • Rodríguez, S. (1842/2001). Sociedades Americanas. Biblioteca Ayacucho.

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