Dra. Petra Tovar Damas 

Comunera investigadora de los procesos sociopolíticos de Venezuela y el poder popular

Resumen

El presente artículo analiza la reacción del poder popular organizado ante los hechos del 3 de enero de 2026: bombardeos estratégicos a las 2:00 a.m. en La Guaira, Miranda, Aragua y Distrito Capital, seguidos del secuestro del presidente constitucional Nicolás Maduro Moros y la primera dama Cilia Flores de Maduro, con autoproclamación imperial a las 11:00 a.m. Desde la perspectiva comunera, se examina el setirpensar bolivariano como praxis resistente y el metabolismo social-popular como mecanismo psicoinmunológico que metaboliza agresión en soberanía productiva. Acciones nacionales Asambleas ODIC, marchas comunales, encuentros de comuneros, demuestran resiliencia ante 450 millones de dólares exigidos en petróleo venezolano, honrando mártires anzoatiguenses caídos en combates y secuestro. 

Palabras clave: poder popular, metabolismo social-popular, setirpensar, comunas, resistencia psicoinmunológica, guerra híbrida, Venezuela.

La madrugada del 3 de enero de 2026 marca un quiebre geopolítico irreversible en la historia venezolana. A las 2:00 a.m., bombardeos estratégicos ejecutados por fuerzas aéreas financiadas desde Washington impactaron infraestructuras críticas en los estados La Guaira (puerto multipropósito), Miranda (refinerías), Aragua (bases militares) y Distrito Capital (centros de mando), dejando un saldo inicial de soldados de la FANB caídos en cumplimiento patriótico y civiles bajo escombros. Horas después, el secuestro del presidente constitucional Nicolás Maduro Moros y la primera dama Cilia Flores de Maduro durante operaciones de extracción en Caracas culmina esta agresión, costando vidas entre ellos soldados anzoatiguenses en combates defensivos y enfrentamientos directos. A las pocas horas, el presidente de los Estados Unidos, en conferencia transmitida globalmente, se autoproclamó «administrador temporal y libertador de Venezuela», exigiendo 450 millones de dólares como «compensación logística» por la apropiación del petróleo nacional, revelando el móvil extractivista detrás de la retórica humanitaria.

En este escenario, el pueblo organizado respondió desde las plazas Bolívar, comunas campesinas y milicias populares, construyendo un rizoma defensivo: nodos interconectados que sostienen redes de solidaridad en producción, seguridad y comunicación.

Coyuntura geopolítica: Guerra híbrida y extractivismo imperial

Los ataques del 3 de enero se inscriben en la lógica de la guerra híbrida contemporánea: combinación de agresión militar, secuestro político y ultimátum económico. La autoproclamación desde Washington evidencia la continuidad de doctrinas intervencionistas que buscan fracturar la soberanía energética de Venezuela. El petróleo, como recurso estratégico, se convierte en el eje de la disputa global, mientras el pueblo venezolano metaboliza la agresión en resistencia organizada.

Estos bombardeos no fueron aleatorios: se dirigieron a objetivos logísticos en La Guaira y energéticos en Miranda, con la intención de colapsar el metabolismo nacional, mientras los ataques en Aragua y Caracas buscaron neutralizar los centros de comando. El secuestro del presidente Nicolás Maduro y de la primera dama Cilia Flores, ejecutado entre las 4:00 y 6:00 a.m. según reportes comunales, activó una respuesta armada en la que murieron hermanos defendiendo la soberanía. La declaración de las 11:00 a.m. desde Washington consolidó la guerra híbrida en abierta, al afirmar que “Venezuela requiere administración externa temporal hasta restaurar orden democrático”, prometiendo “estabilidad” a cambio de una PDVSA hipotecada por 450 millones de dólares, cifra que coincide con los costos operativos de los bombardeos según analistas geopolíticos. Esta secuencia —ataque, secuestro y ultimátum— pretendió fracturar el setirpensar popular, pero en realidad activó el metabolismo resiliente de las comunidades.

En este punto, el setirpensar de los voceros y voceras protagonistas en las organizaciones populares, forjado durante más de 25 años como inteligencia colectiva que une emoción y razón en praxis, se convirtió en motor de resistencia. La indignación por los 47 mártires confirmados al 7 de enero se transformó en acción organizada. A las 6:00 a.m., apenas horas después del secuestro, las comunas anzoatiguenses convocaron Asambleas de ODIC en Simón Bolívar y Guanipa, donde 1.200 comuneros resolvieron “defender sembradíos y exigir libertad presidencial”, articulando una red nacional que se extendió desde Zulia hasta Bolívar.

Así, el rizoma de resistencia bolivariana se expresa en una respuesta territorial inmediata y escalonada, donde cada nodo comunal se activa como raíz y brote simultáneo. En Anzoátegui, a las 5:30 a.m., las Asambleas ODIC mapean 200 hectáreas y continúan la siembra intensiva de maíz y yuca pese al luto. En Caracas, a las 8:00 a.m., las marchas comunales de 40 UBPC convergen en Miraflores siguiendo la ruta Bellas Artes → Asamblea Nacional. A las 9:00 a.m., en Maracaibo, 2.500 comuneros zulianos se reúnen en encuentros masivos, mientras en Guayana, a las 10:00 a.m., las manifestaciones paralizan San Félix y las milicias campesinas patrullan con drones. Al mediodía, la fuerza rizomática se multiplica: 300.000 personas en 18 estados claman “¡Nicolás y Cilia libres! ¡PDVSA no se rinde!”, al tiempo que siembran 150 hectáreas colectivas, demostrando que la defensa no interrumpe la producción, sino que la potencia.

Este despliegue evidencia la psicoinmunología popular, entendida como la capacidad de las comunidades de generar anticuerpos sociales frente a la guerra integral. La muerte de los anzoatiguenses en los combates del 2 de enero y el secuestro presidencial no fracturan el ánimo colectivo, sino que lo transforman en energía resistente. Los patrullajes de las UBPC honran a los caídos sembrando, las marchas exigen la soberanía de PDVSA y el trueque fluye como mecanismo de continuidad económica. La resiliencia anímica, documentada en las asambleas, se convierte en un escudo contra la fractura psicológica imperial, reafirmando que el pueblo organizado metaboliza la agresión en soberanía productiva y espiritual.

Conclusiones 

El 3 de enero de 2026 no solo representó un ataque militar y político contra Venezuela, sino un intento de desestructurar el tejido social que sostiene la soberanía nacional. Los bombardeos estratégicos, el secuestro presidencial y el ultimátum económico se inscriben en la lógica de la guerra híbrida global, donde las potencias buscan imponer control sobre recursos estratégicos como el petróleo mediante mecanismos de coerción múltiple. Sin embargo, la respuesta del pueblo organizado demostró que la defensa integral no depende únicamente de las instituciones estatales, sino de la capacidad comunitaria de articularse en red.

El rizoma de resistencia bolivariana se manifestó como una estructura descentralizada, flexible y resiliente: comunas, consejos comunales, UBPC y milicias campesinas se activaron de manera simultánea en distintos territorios, generando un mapa vivo de resistencia que combina producción, movilización y comunicación. Esta lógica rizomática asegura que, aunque un nodo sea atacado, la red se mantenga activa y capaz de regenerarse.

La noción de metabolismo social-popular adquiere aquí un valor estratégico: las comunidades no reaccionan de forma pasiva, sino que metabolizan la agresión en soberanía productiva y espiritual. La psicoinmunología popular convierte el dolor por los mártires en energía colectiva, transformando la pérdida en siembra, el luto en movilización y la amenaza en cohesión. Así, la guerra integral no logra fracturar el ánimo nacional, sino que fortalece la conciencia de corresponsabilidad entre Estado y pueblo.

En el plano geopolítico, la agresión revela la persistencia de doctrinas extractivistas que buscan subordinar a Venezuela bajo la excusa de “administración externa temporal”. Frente a ello, la praxis comunera demuestra que la verdadera estabilidad no proviene de la intervención extranjera, sino de la capacidad del pueblo de sostener su soberanía desde abajo, con producción alimentaria, defensa territorial y organización política.

En definitiva, el 3 de enero de 2026 marca un antes y un después: la guerra híbrida se hizo abierta, pero también se consolidó la certeza de que el pueblo venezolano es un organismo vivo capaz de resistir y reinventarse. El rizoma bolivariano, tejido por comunas y milicias, se convierte en garantía de continuidad histórica, donde Nicolás, Cilia y los mártires caídos son semilla que germina en cada acción colectiva. La conclusión es clara: la agresión imperial no fractura, sino que activa un metabolismo social-popular resiliente que asegura que Venezuela seguirá siendo soberana, productiva y libre

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