Guerra cognitiva, miedo y colectividad: comunalizar la conciencia frente a la disputa imperial por Venezuela.

Dr. Orlando José Rodríguez

En el actual escenario geopolítico, identifico la guerra cognitiva como una de las formas más sofisticadas de intervención imperial sobre los pueblos, particularmente sobre aquellos que, como el venezolano, han apostado por proyectos de transformación anticapitalista. Esta guerra no se libra únicamente en el plano militar o económico, sino, sobre todo, en el campo de las representaciones, las emociones y los modos de producir sentido sobre la realidad. ​

Sostengo que la guerra cognitiva, frecuentemente asociada a dinámicas de “zona gris”, se orienta al control de percepciones, emociones e imaginarios, mediante operaciones que no se asumen abiertamente como actos de guerra, pero que producen efectos profundos de desgaste y desmoralización. Propongo organizar la reflexión en tres movimientos: (1) precisar rasgos centrales de la guerra cognitiva y su inscripción en la “zona gris”; (2) mostrar cómo opera, mediante el miedo y la disputa del sentido, en el caso venezolano; y (3) desarrollar el concepto de comunalizar la conciencia, traducido en prácticas y acciones concretas de defensa y creación popular. ​

El objetivo de este artículo consiste en analizar el papel de la guerra cognitiva en la disputa imperial por Venezuela promoviendo la comunalización de la conciencia como estrategia político-comunicacional para la defensa y profundización del proyecto bolivariano. ​

Desde mi experiencia como docente investigador, observo que la arquitectura de dominación contemporánea se sostiene sobre un complejo entramado de corporaciones mediáticas, plataformas digitales, industrias culturales y dispositivos tecnológicos que organizan un régimen de visibilidad funcional a los intereses del capital transnacional. Ignacio Ramonet ha descrito este fenómeno como una “propaganda silenciosa”, donde la manipulación ya no requiere consignas explícitas, sino una naturalización de valores y narrativas que presentan el orden neoliberal como inevitable. ​

Dominique Wolton, al problematizar el vínculo entre información, comunicación y tecnología, advierte sobre un “triángulo infernal” en el que la sobreabundancia de datos no produce necesariamente más comprensión, sino más confusión y ruido, lo que favorece la imposición de agendas hegemónicas. En ese marco, la comunicación deja de ser un espacio de encuentro para devenir un campo de batalla simbólica, donde se intenta desactivar la capacidad crítica de los sujetos y reducirlos a consumidores de mensajes. ​

Guerra cognitiva y “zona gris”

Entiendo la guerra cognitiva como el conjunto de operaciones orientadas a intervenir la percepción, la memoria y las emociones de los pueblos, con el propósito de modelar comportamientos y decisiones políticas sin recurrir necesariamente a la violencia abierta. Se vincula con la noción de “zona gris” porque opera en un espacio intermedio entre la paz formal y la guerra declarada: se despliega sin parte de guerra ni reconocimiento público de hostilidades, mediante acciones fragmentadas, plausiblemente negables y presentadas como información, opinión o entretenimiento. ​

Lo “gris” alude a la ambigüedad jurídica, política y narrativa, no hay reconocimiento explícito de agresión, los mismos contenidos que erosionan la moral popular se presentan como noticias, análisis o contenidos virales aparentemente neutrales. En esta zona, el enemigo no aparece como ejército invasor, sino como flujo de mensajes, marcos interpretativos que pretenden colonizar la vida cotidiana. ​

Miedo como tecnología política: mecánica y tácticas

La emocionalidad colectiva se convierte en blanco estratégico cuando el objetivo es fragmentar vínculos, desactivar confianzas y paralizar la acción política. El miedo no aparece solo como sentimiento espontáneo, sino como producto de una ingeniería comunicacional que lo fabrica y lo administra en dosis constantes, modulando expectativas y comportamientos. ​

De manera sintética, identifico al menos cinco tácticas recurrentes en la producción de miedo en clave cognitiva:

  • Sobrecarga informativa: inundar de datos, cifras, titulares y “última hora” sin contexto, generando sensación de caos incontrolable y agotamiento mental. ​
  • Rumor y amenaza difusa: circulación de mensajes sin fuente verificable (“dicen que…”, “se habla de…”), que anuncian colapsos, cierres, represalias o hechos violentos inminentes. ​
  • Catastrofismo sistemático: énfasis permanente en escenarios de colapso total, sin mostrar capacidades de respuesta ni experiencias de organización. ​
  • Saturación emocional: alternancia rápida de contenidos de alarma, indignación y burla, que impide elaborar críticamente lo que se recibe y mantiene al sujeto en estado de vigilancia ansiosa. ​
  • Manipulación audiovisual y deepfakes: uso de imágenes fuera de contexto, montajes o simulaciones para probar situaciones extremas, reforzando la idea de que ya no es posible distinguir verdad de mentira. ​

Estas tácticas conforman lo que Carlos Lanz denominó “goteo emocional”: impactos reiterados, aparentemente menores, que, por acumulación, erosionan la confianza en las comunidades, instituciones y en la posibilidad de futuro. ​

En cuanto a Venezuela, la guerra cognitiva ha tomado forma en distintos ciclos, combinando sanciones económicas, presiones diplomáticas y campañas de saturación mediática. Un patrón recurrente ha sido la instalación de matrices sobre crisis humanitaria y Estado fallido, apoyadas en imágenes descontextualizadas o en la amplificación selectiva de problemas reales, que presentan al país como territorio sin Estado, sin normas y sin agencia popular. ​

Durante coyunturas específicas, como las guarimbas, los apagones nacionales, episodios de desabastecimiento o procesos electorales sensibles, se han activado campañas coordinadas en redes sociales para multiplicar rumores de saqueos generalizados, ruptura del orden constitucional o intervención extranjera inminente. En muchos barrios populares, estas campañas se tradujeron en compras nerviosas, repliegue comunitario y conflictos internos alimentados por la desconfianza, mostrando cómo la guerra cognitiva logra, al menos temporalmente, afectar el tejido comunal. ​

Al mismo tiempo, se ha desplegado un relato internacional donde la voz del pueblo organizado queda invisibilizada; se privilegia la opinión de voceros opositores y expertos externos, mientras se silencian experiencias de comunas, consejos comunales, medios comunitarios y formas de economía solidaria que desmienten el imaginario de país deshecho. Esta asimetría de voz es también una configuración cognitiva de la dominación. ​

Si el objetivo de la guerra cognitiva es fragmentar, romper confianzas y desanclar al sujeto de sus tejidos comunitarios, la respuesta estratégica no puede ser discursiva o reactiva. Frente a una ofensiva que pretende instalar miedo, aislamiento y resignación, la tarea que asumo es pensar la comunicación como recomposición de vínculos y como producción territorializada de sentido. ​Desde esta perspectiva, la lucha ocurre en el plano de los mensajes y en el del tipo de relaciones que esos mensajes habilitan o bloquean. La comunalización de la conciencia se propone precisamente como un movimiento que transforma la comunidad en sujeto productor de verdad, de memoria y de proyecto histórico. ​

Comunalizar la conciencia: del concepto a la práctica

Comunalizar la conciencia no es una metáfora abstracta, es una orientación estratégica que permite que la conciencia deje de ser un asunto individual para convertirse en un proceso compartido, deliberado y organizado. Inspirado en los aportes de Carlos Lanz y de la tradición latinoamericana de comunicación popular, asumo que comunalizar la conciencia implica articular comunicación, educación, cultura y organización territorial como un mismo campo de lucha. ​

En términos operativos, comunalizar la conciencia supone, por ejemplo:

  • Medios comunitarios con agenda territorial, capaces de producir información desde las necesidades y prioridades del barrio o la comuna, no solo reaccionando a la agenda de los grandes medios. ​
  • Pedagogías críticas y alfabetización mediática, que permitan leer, contrastar y contextualizar mensajes, evitando la reproducción automática de rumores y contenidos que viralizan el miedo. ​
  • Memoria histórica organizada, mediante archivos comunitarios, crónicas, testimonios y prácticas de rememoración colectiva, para que el presente no sea rehén del rumor ni de la desmemoria inducida. ​
  • Cultura como producción simbólica viva, música, teatro, muralismo, literatura popular, audiovisual y no como simple adorno, de modo que el pueblo se reconozca creador de su propio imaginario. ​
  • Redes locales de verificación y cuidado, donde la verdad sea entendida como práctica comunitaria: contrastar información antes de difundirla, acompañar a quienes son blanco de campañas de difamación y sostener espacios de diálogo en lugar de alimentar la polarización destructiva. ​

Al desplegar estas prácticas, la comunidad se transforma en núcleo generador de sentidos contrahegemónicos, disputando la capacidad de nombrar la realidad y de proyectar futuro. ​En este orden de ideas,la defensa de la soberanía venezolana demanda hoy incorporar de manera explícita la dimensión cognitiva en las estrategias de seguridad y defensa integral de la Nación. No basta con proteger el territorio físico o resguardar los recursos naturales: es necesario proteger la capacidad del pueblo para interpretar críticamente la realidad, decidir colectivamente su rumbo histórico y crear alternativas al orden mundial dominante. ​

Planteo que la soberanía cognitiva se ejerce cuando el pueblo asume la comunicación como derecho y como práctica de autogobierno, construyendo redes de información, reflexión y deliberación arraigadas en la vida comunal. En este sentido, el proyecto bolivariano tiene el desafío de profundizar sus políticas de comunicación popular, fortaleciendo medios comunitarios, procesos formativos y experiencias de producción simbólica que expresen la diversidad y la potencia creadora del pueblo venezolano. ​

Agenda mínima de acciones

La guerra cognitiva que se despliega contra Venezuela forma parte de una estrategia imperial más amplia de control de subjetividades y neutralización de proyectos emancipatorios en Nuestra América. Frente a una ofensiva que utiliza el miedo como tecnología política, la respuesta no puede reducirse a la denuncia, debe exigirse una reorganización consciente de los modos de percibir, sentir y narrar la realidad desde los territorios. ​

Como contribución a este horizonte, propongo una agenda mínima de acciones para la comunalización de la conciencia:

  • Círculos comunales de lectura crítica que articulen escuela, comuna y familia, dedicados a analizar noticias, redes y narrativas, desarmando operaciones de miedo y desinformación. ​
  • Redes comunitarias de verificación con el principio “rumor cero”: contrastar fuentes antes de reenviar mensajes, especialmente en coyunturas de alta sensibilidad. ​
  • Programas de formación en narrativa audiovisual y comunicación popular, para contar lo propio con calidad estética y rigor político, disputando la imagen del país que circula globalmente. ​
  • Producción cultural local sostenida (música, teatro, crónica, muralismo, memoria viva), que reconstruya la autoestima colectiva y fortalezca la identidad comunal frente al bombardeo simbólico. ​
  • Desarrollo de infraestructura tecnológica con criterio soberano, herramientas, canales y protocolos comunitarios que reduzca la dependencia de plataformas corporativas y favorezca circuitos comunicacionales propios. ​

Al colocar la comunicación en el centro de la disputa por la soberanía cognitiva, el pueblo venezolano puede transformar la guerra simbólica en oportunidad para la creación de nuevas formas de vida, de democracia radical y de socialismo comunicante.

Referencias

Buen Abad, F. (2024). [Ensayos sobre comunicación, democracia y guerra ideológica]. PUEDJS-UNAM.​

Lanz, C. (s. f.). La guerra cognitiva en zona gris: el goteo emocional y la incertidumbre. LAUICOM.​

Ramonet, I. (1999). La propaganda silenciosa: masas, televisión y cine. Madrid: Debate.​

Ramonet, I. (2011). La explosión del periodismo: de los medios de masas a la masa de medios.​

Wolton, D. (2001). Pensar la comunicación. Buenos Aires: Docencia.​

Wolton, D. (2015). Salvemos la comunicación.​

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