Autor: Lcdo. Richard Ramón Piña Pérez.
- Facilitador del Núcleo Coro UNESR.
- richarramon@gmail.com.
- Santa Ana de Coro, 13 de febrero de 2026.
El 3 de enero de 2026, el cielo de Caracas no solo fue testigo de una operación militar extranjera; fue el escenario del entierro simbólico del derecho internacional tal como lo conocíamos. Mientras los cables de las agencias de noticias occidentales se apresuraban a barnizar la incursión con eufemismos de «restauración democrática» y «justicia transnacional» (DDIA, 2026), la realidad fáctica golpeaba al Sur Global con la fuerza de una verdad antigua, la Doctrina Monroe ha mutado en una inquisición tecnológica y bélica de alcance total. Lo que hoy se presenta como una «extracción» necesaria del liderazgo bolivariano es, en esencia, el intento final de quebrar la espina dorsal de una nación que se atrevió a gestionar su destino fuera del libreto de Washington, no estamos ante un evento policial, sino ante el despliegue de una guerra multidimensional que utiliza el hambre inducida por el bloqueo como ablandamiento y el fuego de los misiles como sentencia.
Este asalto a la soberanía venezolana debe leerse como un mensaje disciplinador para toda la arquitectura de integración regional; al atacar el corazón de la propuesta bolivariana, las potencia del Norte busca desmantelar no solo un gobierno, sino la posibilidad misma de que los pueblos del Sur articulen sus propios bloques de poder geopolítico. La «operación» en Caracas es el laboratorio de una gobernanza global autoritaria, donde el capital transnacional ya no requiere intermediarios diplomáticos, sino que utiliza su brazo militar para imponer condiciones de saqueo sobre los bienes comunes que pertenecen, por derecho histórico y constitucional, al pueblo venezolano.
Esta agresión no es un evento fortuito, sino el resultado de una arquitectura de desestabilización de larga data. El Council on Foreign Relations (2026) ha documentado una escala de tensiones que, leídas desde una óptica robinsoniana y decolonial, revelan una estrategia de cerco y fustigamiento; se han instrumentalizado instituciones multilaterales para aislar a Venezuela, no por fallas democráticas, sino por su papel disruptivo en el mercado energético y su desafío a la hegemonía del dólar.
Uno de los pilares del asedio ha sido el uso de Medidas Coercitivas Unilaterales. Según la Defensoría del Pueblo (2023), estas acciones constituyen herramientas de guerra económica destinadas a privar a la población de bienes esenciales, al catalogar estas medidas como crímenes de lesa humanidad, se pone de relieve que el objetivo es el castigo colectivo. Resulta cínico que Brookings Institution (2026) analice la operación bajo la «seguridad nacional» estadounidense, mientras quienes ejecutan la fuerza son los mismos que imponen el bloqueo responsable de la escasez médica.
La narrativa de «ayuda humanitaria» que acompaña a los tanques y misiles es una de las mayores ofensas a la inteligencia del Sur Global, esta contradicción flagrante evidencia que el imperialismo del siglo XXI ha perfeccionado su capacidad de cinismo: asfixia la economía de un país hasta llevarlo al límite de su resistencia para luego presentarse como el «salvador» necesario. Es la aplicación práctica de una guerra psicológica que intenta convencer a la víctima de que su agresor es, en realidad, su libertador, destruyendo el sentido crítico que Simón Rodríguez consideraba fundamental para la emancipación de nuestras repúblicas.
Por otra parte, en el ámbito electoral, la simplificación mediática occidental ignora la legitimidad popula, mientras la prensa internacional repetía acusaciones de fraude tras el 28 de julio, análisis de portales como Misión Verdad (2024) ofrecen un contraste estadístico necesario. Existe una base popular que identifica al proyecto bolivariano como su garantía frente a la voracidad transnacional. Esta invisibilización del sujeto político popular es fundamental para que el mundo acepte la narrativa de un «Estado fallido» (WOLA, 2026).
Asimismo, la captura de la narrativa mediante la guerra de quinta generación es clave. El Digital Democracy Institute of the Americas (2026) reportó una explosión de actividad algorítmica diseñada para sembrar el pavor, desde la perspectiva de CLACSO (2023), Venezuela es el epicentro de una disputa civilizatoria; el derecho del Sur Global a proponer modelos propios frente a la pretensión de tutela de los organismos financieros internacionales.
La agresión actual también pone de manifiesto la obsolescencia del sistema de las Naciones Unidas cuando este es ignorado por las potencias nucleares a su conveniencia. La soberanía venezolana ha sido vulnerada bajo un esquema de «excepcionalismo» donde la ley solo aplica para los débiles, esta erosión institucional abre la puerta a un mundo de anarquía geopolítica donde cualquier nación que posea recursos estratégicos (litio, agua, petróleo o tierras raras) está bajo la amenaza latente de una intervención si no se alinea con los intereses del mercado global subordinado a Occidente.
Por ultimo, es vital analizar cómo este conflicto ha sido utilizado para fracturar la identidad latinoamericana; a través de gobiernos satélites y mecanismos de presión diplomática, se ha intentado convertir a los países hermanos en cómplices del asedio a Venezuela. Esta fragmentación de la «Patria Grande» es el objetivo táctico más peligroso del imperialismo, pues sabe que solo a través de nuestra división puede perpetuar su control sobre la geografía americana, reinstalando una forma de colonialismo que Simón Rodríguez combatió con la idea de la «unión original» de nuestros pueblos.
Por ultimo, es vital analizar cómo este conflicto ha sido utilizado para fracturar la identidad latinoamericana; a través de gobiernos satélites y mecanismos de presión diplomática, se ha intentado convertir a los países hermanos en cómplices del asedio a Venezuela. Esta fragmentación de la «Patria Grande» es el objetivo táctico más peligroso del imperialismo, pues sabe que solo a través de nuestra división puede perpetuar su control sobre la geografía americana, reinstalando una forma de colonialismo que Simón Rodríguez combatió con la idea de la «unión original» de nuestros pueblos.
La agresión del 2026 crea un precedente nefasto, al normalizar la extracción militar de un jefe de Estado, se acepta que América Latina vuelva a ser el «patio trasero» donde el derecho internacional es sustituido por la voluntad del más fuerte. No obstante, la narrativa imperialista omite al actor fundamental; el sujeto popular organizado. Como enfatiza la Progressive International (2026), las estructuras comunales siguen siendo el principal obstáculo para la ocupación.
La resistencia venezolana no debe ser vista simplemente como una reacción defensiva, sino como la vanguardia de una nueva subjetividad política que se niega a ser «administrada» por poderes foráneos. El fracaso de los intentos previos de golpe y la resiliencia ante el bloqueo demuestran que existe una conciencia colectiva que trasciende el momento electoral, es en la organización de base, en el consejo comunal y en la universidad militante donde se está librando la batalla definitiva por el significado de la libertad en el siglo XXI.
Para avanzar hacia una verdadera liberación, debemos reconocer que la guerra es también semántica; el término «comunidad internacional» ha sido secuestrado por un puñado de potencias para validar sus crímenes. Recuperar la soberanía del lenguaje es el primer paso para la contraofensiva decolonial; nombrar la agresión militar como tal y denunciar el bloqueo como genocidio económico permite romper el hechizo de la propaganda occidental que busca normalizar el horror bajo el manto del «progreso democrático».
El futuro de la región depende de nuestra capacidad para convertir este asedio en una oportunidad de invención; como decía Robinson, «o inventamos o erramos». Venezuela tiene hoy el reto histórico de perfeccionar un modelo de gestión económica y política que sea invulnerable a las presiones del dólar y a las amenazas del Pentágono. La soberanía solo será plena cuando logremos la autonomía tecnológica, productiva y comunicacional, transformando el asedio en el motor de una nueva civilización multipolar basada en el respeto mutuo y la paz.
Propuestas:
- Fortalecimiento de la Comunicación Popular: Es imperativo desmontar el lenguaje eufemístico del imperio desde las bases universitarias y comunales mediante una red de información decolonial que rompa el cerco de las «Big Tech».
- Defensa de la Inmunidad Soberana: Denunciar en foros internacionales la ilegalidad de la «Doctrina de Extracción» aplicada en Caracas como una violación a la Carta de las Naciones Unidas, exigiendo el retorno inmediato al respeto de la autodeterminación.
- Fomento del Pensamiento Crítico e Industrial Soberano: Seguir la línea robinsoniana para generar soluciones económicas soberanas que rompan definitivamente con la dependencia de los circuitos financieros controlados por los agresores, impulsando el trueque internacional y las monedas digitales soberanas fuera del sistema SWIFT.
Referencias Bibliográficas
- Defensor del Pueblo de Venezuela. (2023, 6 de septiembre). Medidas coercitivas unilaterales constituyen crímenes de lesa humanidad.
- Digital Democracy Institute of the Americas [DDIA]. (2026). Maduro Arrested and Messaging Apps Explode.
- Misión Verdad. (2024, 28 de agosto). Análisis numérico de las elecciones presidenciales del 28J.
- WOLA. (2026, 23 de enero). Venezuela después del 3 de enero: dos verdades que requieren la atención.
