Inventamos o erramos: guerra imperial y soberanía del pensamiento.
Por: Norjhira Romero Pérez

Una reflexión urgente sobre la guerra cognitiva, la banalidad del mal y el pensamiento como territorio de soberanía
Sinopsis
El 3 de enero de 2026, un ataque militar ilegal estadounidense ejecutado en suelo venezolano desencadenó una serie de hechos sin precedentes: bombardeos, secuestro del Presidente de la República con su esposa; y, violación flagrante del Derecho Internacional. Pero más allá de la violencia física, este ensayo expone y analiza la dimensión menos visible -y más peligrosa- de la agresión: la guerra cognitiva.
En dos partes –La agresión militar y la banalidad del mal; y, Trauma colectivo y guerra cognitiva– desmonto la narrativa imperial, desenmascaro la lógica del “procedimiento” como forma moderna de dominación, y sostengo que el verdadero campo de batalla es la subjetividad popular.
A través de una lectura crítica, decolonial y pedagógica/andragógica, convoco el pensamiento de Simón Rodríguez como brújula ética y estratégica. No basta con resistir físicamente: hay que imaginar. No basta con sobrevivir: hay que inventar.
En tiempos donde la obediencia se disfraza de normalidad, “Inventamos o erramos” no es solo una advertencia: es una declaración de guerra cultural en defensa del pensamiento soberano.
Parte I: La agresión militar y la banalidad del mal
Por: Norjhira Romero Pérez
¿Qué es más letal para los pueblos: el soldado que aprieta el gatillo diciendo “yo solo obedezco”, o el presidente de una potencia militar extranjera que da la orden desde el sillón, creyéndose dueño de la historia?
La historia reciente nos obliga a contestar, no con simplezas ni neutralidades, sino con pensamiento crítico y memoria viva. En la madrugada del 3 de enero de 2026, fuerzas especiales estadounidenses irrumpieron en la soberanía de la República Bolivariana de Venezuela: atacaron infraestructura militar, científica y civil, secuestraron al presidente Nicolás Maduro y a su esposa la primera combatiente Cilia Flores, y los trasladaron a territorio estadounidense como si de piezas de ajedrez se tratase. El objetivo no era solo táctico; era simbólico: humillar a un pueblo, colonizar -o neocolonizar- el destino de los pueblos y enviar un mensaje geopolítico a Rusia, China y a cualquiera que ose desafiar el orden imperial. Es decir, se trata de un proyecto imperial renovado.
En las horas y días posteriores a esos hechos, el rechazo internacional quedó asentado en pronunciamientos oficiales. El 4/01/2026, los gobiernos de España, Brasil, Chile, Colombia, México y Uruguay emitieron un comunicado conjunto expresando “profunda preocupación y rechazo” ante “acciones militares ejecutadas unilateralmente” en territorio venezolano, advirtiendo el peligroso precedente para la paz y la seguridad regional y llamando a una salida exclusivamente pacífica.
Ese mismo clima se expresó en otras declaraciones: el 3/01/2026, Brasil condenó los bombardeos y pidió una respuesta vigorosa de la comunidad internacional/ONU; Chile manifestó “máxima preocupación” y una “enérgica condena” exigiendo respeto al Derecho Internacional; México “condenó y rechazó enérgicamente” señalando la violación de la Carta de la ONU; Uruguay rechazó la intervención militar y reiteró la búsqueda de una salida pacífica; y Colombia rechazó las acciones armadas reafirmando principios internacionales. Ese mismo día, la Cancillería de la Federación de Rusia denunció un “acto de agresión armada” y llamó a evitar una escalada.
En el plano multilateral, el Secretario General de la OEA, Albert R. Ramdin, advirtió sobre la gravedad del momento y la necesidad de evitar una mayor escalada (3/01/2026). El Secretario General de la ONU, António Guterres, calificó el escenario como un “grave momento” tras la acción militar del 3 de enero (5/01/2026), y expertos de la ONU (Procedimientos Especiales/OHCHR) condenaron la operación por violar el artículo 2(4) de la Carta (7/01/2026).
¿Crónica de un procedimiento?
Lo más perverso no es la violencia en sí -que es brutal e inaceptable-, sino su normalización. Como bien advirtió Hannah Arendt, la historia del siglo XX no fue solo una lucha contra la barbarie del odio explícito, sino contra la frialdad del “procedimiento”, esa capacidad moderna de transformar el crimen en trámite. Eichmann no fue un monstruo caricaturesco, sino un burócrata meticuloso; no gritaba, no golpeaba, no torturaba con sus propias manos: simplemente firmaba papeles, gestionaba rutas, optimizaba flujos humanos hacia los campos de exterminio. Y ahí reside lo más aterrador: en la eficiencia del mal convertido en tarea cotidiana. Es en esa figura -gris, ordenada, obediente- donde la violencia se convierte en sistema, donde la responsabilidad se diluye en engranajes, y donde el horror ya no necesita rostros deformes, sino mentes frías que actúan «siguiendo órdenes».
Ese mismo patrón se repite en la actualidad con otro ropaje, otra geografía, otra narrativa, pero con una lógica casi idéntica. Así también, el comando que irrumpe en Caracas, La Guaira, Miranda y Aragua con bombas y los funcionarios que aprueban el operativo no son sólo villanos de película: son engranajes de una maquinaria que llama “estabilidad” al ataque armado, “captura” al secuestro de un jefe de Estado en funciones electo democráticamente y a su esposa, no fue una “operación quirúrgica” sino bombardeo en al menos seis sitios estratégicos, no hay “cooperación” hay “amenazas múltiples y constantes”, no es “ayuda humanitaria” es una “invasión e intervención militar”, no se trata de heridos y “fallecidos” ni de un “saldo trágico” como si fueran daños colaterales: se trata de crímenes planificados, asesinatos sistemáticos ejecutados con precisión técnica y legitimados por la narrativa del procedimiento.
El procedimiento tiene coordenadas, misiones asignadas, lenguaje técnico y precisión cronológica. No se trata de impulsos desordenados, sino de órdenes ejecutadas con exactitud quirúrgica: un ataque metódico que no solo busca destruir, sino también enviar un mensaje. El 3 de enero de 2026 no fue una fecha cualquiera. Quedó inscrita en la memoria de Venezuela como una jornada de alta intensidad geopolítica: un bombardeo ejecutado por fuerzas estadounidenses sobre territorio venezolano, en el cual se activaron protocolos de agresión directa. Caracas, La Guaira, Miranda y Aragua no fueron sólo nombres en un parte de guerra, sino territorios vivos, heridos. A continuación, la infografía publicada por el Ministerio del Poder Popular para Ciencia y Tecnología (MinCyT) sintetiza los principales blancos e impactos del ataque:

Fuente: Infografía MinCyT Venezuela de fecha 13.01.2026
Ese mapa de destrucción sistematizada revela una lógica de guerra donde se sustituye la responsabilidad ética por la eficiencia táctica. El lenguaje técnico y la selección de objetivos -militares, científicos, civiles- evidencian que no se trató de un error ni de una intervención improvisada, sino de una acción deliberada, diseñada para paralizar capacidades estratégicas del país: desde la salud pública hasta la investigación científica y las telecomunicaciones.
Desde una lectura decolonial (como la proponen Quijano, Dussel y Boaventura de Sousa Santos), este ataque no puede entenderse de forma aislada, sino como parte de una larga genealogía de intervenciones imperiales donde las narrativas de “salvación”, “seguridad” o “progreso” funcionan como dispositivos de encubrimiento (encubre relaciones de poder colonial). Bajo ese velo discursivo, se reproduce una estructura de poder colonial que no solo invade territorios, sino que también aniquila formas autónomas de saber y existencia. No estamos ante una simple operación militar: estamos ante un acto epistemicida. Se destruyen instituciones, pero también se intenta borrar soberanías simbólicas. Aquí el argumento es decisivo: no se bombardean únicamente infraestructuras físicas, se atacan formas de vida, lenguas, cuerpos, conocimientos, memorias.
Ese es el rostro moderno del mal: no la brutalidad del rostro desencajado, sino la máscara del técnico eficiente. Y aun cuando se presente como “seguridad” o “progreso”, ese tipo de ambición sin límites suele dejar una estela: no sólo guerra y colonialismo, sino también captura institucional, manipulación y ocultamiento de la historia, desacreditación de la ciencia, destrucción de la naturaleza, precarización, trauma colectivo, colonización simbólica, vigilancia algorítmica y extractivismo: una cadena de efectos directos e indirectos que termina degradando libertades dentro y fuera del ciberespacio.
La Revolución es también defensa moral
Lo que está en juego no es solo la integridad física de líderes constitucionales. Lo que se ataca es un proyecto de emancipación, una pedagogía de soberanía, un experimento colectivo llamado Revolución Bolivariana. Porque la Revolución no es una persona, ni una firma; es un proceso de siglos que viene desde Bolívar y continúa en Chávez y Maduro, en el pueblo organizado, en los comuneros, en las madres que alimentan a cientos, en los jóvenes que leen a Fanon, Freire y Rodríguez, en vez de anestesiarse con Netflix.
Y ese proceso, aunque incompleto y asediado, molesta. Porque educa. Porque no se conforma. Porque no se arrodilla.
Del mando al pensamiento
Lo que este ataque revela no es solo el músculo de un imperio decadente. Revela su miedo. Miedo a que la política no se compre en mercados. Miedo a que haya un Sur que piense, que lea, que cuestione. Miedo a la educación como herramienta de insurrección.
Y es aquí donde Simón Rodríguez vuelve a ser necesario: «No hay patria sin ciudadanía pensante; no hay ciudadanía sin educación pública que enseñe a gobernar y a ser gobernado.» Hoy, más que nunca, la obediencia sin juicio -sea de un piloto de dron, de un senador o secretario de estado con micrófono- es el gran enemigo de la humanidad.
Los pueblos no pueden obedecer por reflejo. Deben pensar. Deben decidir. Deben recordar que la Doctrina Monroe, presentada como “protección” del continente, fue usada demasiadas veces como permiso para intervenir, tutelar y castigar a Nuestra América cuando sus pueblos intentaron ser soberanos. Deben recordar que detrás del “América para los americanos” que declaró James Monroe en 1823 quedaba claro de que “Todo, de cualquier lugar, para nosotros”, cabía -y aún cabe- una traducción práctica: “patio trasero”, control de rutas, recursos, gobiernos y sentidos comunes.
Deben recordar lo dañino de esa doctrina cuando se convierte en método:
- normaliza la intromisión como si fuera destino;
- condena la autonomía tratándola como amenaza;
- convierte la desigualdad en orden y la obediencia en “estabilidad”;
- disfraza la fuerza de “seguridad”, “ayuda” o “democracia”;
- y deja una herencia de fracturas, dependencia y miedo, que luego se pretende administrar como si fuera “lo natural”.
Debemos recordar, sobre todo, que la soberanía no se mendiga: se ejerce. Y que cuando un imperio, en tono de chiste, se autodenomina “Donroe” -como lo dijo Trump el 4 de enero en Mar-a-lago- como forma de nombrar la reactivación/actualización de la Doctrina Monroe en la política exterior de EEUU (en su versión “Corolario Trump” habiendo transcurrido apenas un año de su segundo período presidencial), pide obediencia “a sus intereses” y que otras potencias no debían ganar presencia estratégica, lo que busca no es paz: busca silencio, miedo, parálisis y una forma de consentimiento disfrazada de legitimación.
Legalidad secuestrada
Desde 1973, EE.UU. dice respetar su propia Resolución de Poderes de Guerra (“War Powers Resolution”), que limita la acción bélica sin aprobación del Congreso. Pero cuando se trata del Sur, del “patio trasero”, de los “estados fallidos” -como ellos nos llaman-, toda legalidad se vuelve papel mojado. Se actúa primero, se debate y justifica después. Se impone el hecho consumado, esa lógica cruel que anula la deliberación democrática. Una vez hecho el daño, se obliga a los poderes públicos a elegir entre convalidar la agresión o ser acusados de traición.
Es un chantaje político, un secuestro semántico. Y esa, precisamente, es la maquinaria de la banalidad.
Cuando los pueblos dejan de discutir si algo está bien o mal, y solo analizan si fue «efectivo» o «estratégico», el mal se vuelve gestión. Ya no se trata de ética, sino de eficacia.
Lo intolerable se vuelve “procedimiento”, lo inadmisible se vuelve “realpolitik”. Es ahí donde el pensamiento se rinde y la barbarie se normaliza.
Contra la banalidad, inteligencia y educación popular
El ataque armado del 3 de enero de 2026 no puede verse como un hecho aislado. Es parte de una doctrina imperial: entrar, secuestrar, controlar, y luego llamar “transición” al despojo. Pero como alertó El Libertador Simón Bolívar, “un pueblo ignorante es instrumento ciego de su propia destrucción.”
Por eso el deber es doble: defender la soberanía con organización popular y defender la verdad con educación crítica. Porque no hay patria matria sin pensamiento, ni revolución sin pedagogía y andragogía.
Hoy más que nunca, Venezuela es espejo. De lo que puede venir. De lo que puede evitarse. De lo que se puede construir si los pueblos dejan de obedecer por rutina, y empiezan a decidir con juicio.
Hasta aquí, he nombrado la herida y he mostrado el engranaje: el “procedimiento” como máscara del mal contemporáneo. Pero la batalla no termina cuando cesan los bombardeos: continúa en la mente, en la emoción social, en el relato que intenta volver “lógico” lo intolerable.Esta es la Parte I. La Parte II: Trauma colectivo y guerra cognitiva continúa el hilo y abre un tramo necesario: cómo se administra el miedo, cómo se coloniza el sentido, y cómo se responde con organización, palabra y criterio. Te invito a leerla y, sobre todo, a conversarla: porque investigar, pensar y debatir también es una forma de soberanía.
